Es justo decir que los toros son parte de nuestra cultura. Una parte que a muchos no nos gusta pero una parte de ella al fin y al cabo. Siempre que entandamos la cultura como un espacio común de hábitos y costumbres compartidos por una sociedad podríamos incluir la llamada “fiesta nacional” dentro de ella. Eso no admite discusión. Claro que, ateniéndonos a la misma definición, la ablación del clítoris pertenece también a la cultura de al menos 20 países. ¿Significa esto que cualquier acto, siempre que este sea una costumbre arraigada en la cultura de un pueblo, queda automáticamente legitimado? Obviamente, no.

Hasta hace poco, una parte de nuestra cultura patria, consistía en arrojar una cabra desde el campanario del pueblo. Tan entrañable tradición fue prohibida por entenderse como maltrato animal (estos defensores de los animales, siempre tocando los huevos ¿verdad?). Lo cierto es que los partidarios del vuelo del pobre animal no tenían otro argumento para defender aquella centenaria gañanada que el “llevamos mas de 200 años haciéndolo”. Bueno pues finalmente tuvieron que joderse, la ley entendió que entregar un animal a una caída libre de 20 metros para la diversión de un puñado de marulos era un uso o costumbre de la que podíamos prescindir.

Pero, hete aquí, que resulta que el toreo es distinto. El toreo es “arte”. Una de mis definiciones preferidas, por su hermosa simplicidad, del arte es: “El arte es la comunicación que encuentra la belleza como medio de transmisión”. Cualquier disciplina artística encaja a la perfección en este sencillo enunciado, la pintura, la música, el cine, la escultura, la danza, la arquitectura…cualquiera. Oh, wait… el toreo, no. El toreo no comunica absolutamente nada ¿o si? ¿se me esta pasando algo por alto? No, creo que no. La tauromaquia es una tortura sádica y cruel disfrazada de arte para legitimarse. Solamente disfrazada. Despojadla de toda la liturgia, de los trajes de luces, del falso valor del torero, de los caballos… ¿qué os queda? Un animal sufriendo en la arena para diversión de la multitud.

Si os empeñáis en meter a Manolete, o a cualquier otro torero, en el mismo grupo que a Mozart, Picasso, Paul Newman, Gaudí, Bob Dylan o, incluso, en el de Cañita Brava, son vuestros cojones los que tendrían que ser cortados y expuestos como trofeo para que todos pudiésemos admirar su gran tamaño. El arte es otra cosa. No os escondáis detrás de ella, no la insultéis.

El toreo no es arte, es tortura. El torero no es un artista, es un torturador.

Si disfrutáis haciendo sufrir y sangrar a un animal hasta la muerte, entre vítores, aplausos y gritos de “olé” por lo menos tened la decencia de reconoceros como lo que sois: unos sádicos. Pero, por favor, no os llaméis artistas

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